Esta vez sí, pasamos de cuartos. Un equipo de jóvenes que jugaron como si fueran viejos consiguió romper el sobado maleficio español con los cuartos de final y, de paso, saldar un par de asuntillos pendientes con Italia.

Digo que jugaron como viejos porque consiguieron no perder la concentración contra los maestros de hacer que la pierdas, los italianos. Siempre parece que no están, siempre juegan peor que el rival, esperan agazapados un descuido tuyo, un golpe de suerte, para dar su zarpazo, que suele ser definitivo. No lo critico, es su forma de jugar, de sentir el fútbol, y les funciona: han ganado 4 mundiales.
Pero esta vez no funcionó porque los jugadores españoles sabían a lo que se enfrentaban y supieron permanecer concentrados e incluso, por momentos, jugar a la italiana para evitar la derrota. Impusieron su juego, no se dejaron avasallar, no permitieron que italia tomara el control. Sólo faltó algo de velocidad en los últimos metros para haber decidido el partido antes de llegar a los penaltis.
Pero jugar contra italia es así de difícil. El equipo español lleva un tiempo jugando muy bien, con una velocidad endiablada en el toque y en el desmarque, volviendo locos a los rivales, que terminan por abrir huecos en las enmarañadas defensas que montan contra España. Sin embargo, contra Italia no fue así. En cuanto pasábamos el balón a campo italiano era como si su campo fuera un barrizal. El balón se movía lento, lo mismo que los jugadores españoles, como si las botas les pesaran diez kilos. Ni siquiera así perdieron la paciencia, fueron fieles a su fútbol de toque y, aunque más tarde y con más tensión de la deseada, tuvieron su premio.
Enhorabuena a los 23 jabatos que ayer se batieron el cobre y tumbaron a la campeona del mundo. Ahora hay que seguir jugando con la misma mentalidad y con humildad sin importar el rival que tengamos enfrente y, tal vez, por fin, tengamos nuestro premio. Ojalá.
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